Si Asia te llama pero también te impone un poco, Tailandia es la respuesta: infraestructura turística engrasadísima, gente que te hace sentir bienvenido de verdad, comida que crea adicción y precios que dan alegría vital. La ruta clásica funciona tan bien que casi no hace falta inventar nada.
Bangkok: el hervidero que engancha al tercer día
El Gran Palacio y el Buda Esmeralda, Wat Pho con su Buda reclinado dorado, los mercados flotantes y un atardecer desde un rooftop sobre el Chao Phraya. Tres noches: caótica el primero, irresistible al final.
Chiang Mai: la Tailandia que respira despacio
Templos dorados entre montañas, mercado nocturno, cocina del norte muy distinta a la de Bangkok, y santuarios éticos de elefantes — elige uno sin montas ni espectáculos, por favor. Desde aquí, excursión al Triángulo de Oro.
Las islas: el postre que te mereces
Costa oeste — Krabi, Phi Phi, Phuket — de noviembre a abril; golfo — Koh Samui, Koh Tao — de mayo a septiembre. Railay para escaladores y románticos, Koh Tao para buceadores, Phi Phi para esas fotos que ya conoces de memoria.
Tres cosas que te van a salvar el viaje
- Hombros y rodillas cubiertos para entrar en templos, sin excepción.
- El street food es el más seguro donde hay cola de locales — y suele ser la mejor comida de todo el viaje.
- Los vuelos internos son baratísimos: no te sacrifiques en un bus nocturno salvo que quieras la anécdota.
¿Prefieres llevarlo todo atado? En grandes viajes hay circuitos por Tailandia con vuelos incluidos, y si es vuestra luna de miel, la combinamos con hoteles a la altura del momento.